En aquellos comienzos de los 60, decir “el periódico” en Sevilla era referirse al ABC, aunque por la mañana salía también “El Correo”, que entonces era el de la Iglesia o de los curas. Tardaría mucho tiempo en llegar a ser el periódico que informara de las luchas sociales, laborales y políticas. Aunque por las tardes saliese el Sevilla, el periódico puro y duro de la situación, de los falangistas y del Movimiento, “el periódico” era el ABC, del que se decía que era monárquico, cosa que entonces impresionaba mucho, porque algunos no sabían bien lo que significaba y otros lo entendían como estar en contra de la situación… En cualquier caso era, sobre todo, el periódico de las esquelas. No tenías nada más que morirte para salir en el ABC. También era querido por su cómodo formato y por la grapa, y salía con foto a toda página en portada, unas veces con tinta verde oscurita y otras en un tono marrón –sepia. En él solían escribir todas las afamadas plumas de poetas, ensayistas y cronistas de la ciudad, entre ellas la de don Santiago Montoto a quien le descubrí cierto día una curiosísima crónica sobre el pintor José Villegas que reproduzco a continuación:
“Conocí en mi niñez al gran pintor Villegas. Cuando este venía desde Roma a Sevilla solía visitar a mi padre. Amigos desde la infancia, les placía reunirse, ya al cabo de los años y recordar los días lejanos de su adorada Sevilla. Mi padre hablaba mucho, y con encomio, del pintor, al que celebró en su libro Vida y milagros del magnífico caballero don Nadie.
Un día, en las vísperas de la pérdida de nuestro imperio colonial, se presentó en mi casa paterna un señor de no mal talante, de alborotada cabellera y corbata de lazo, de las que entonces llamaban chalinas. Acudió mi padre muy diligente a recibir la visita. Se abrazaron con efusión y el visitante le dijo con voz sonora, mostrándole un ancho sobre:
–Aquí te traigo a tu Juan. No creo que te lo haya cambiado.
Pasaron visitante y visitado a la biblioteca y allí, sobre la mesa de trabajo, abierto el sobre, apareció un hermoso dibujo que representaba la muerte de un minero, iluminada por el mágico resplandor de la palma del martirio. En el ángulo de la izquierda, escrito en diminuta letra, se leía:
“A mi amigo de la niñez, Luis Montoto. Suyo, J. Villegas.”
–Gracias, muchas gracias –le dijo mi padre –. ¡Dios te lo pague! Mi “Historia de muchos Juanes”, se ha enriquecido con tu colaboración.
Y, en efecto, en la tercera edición de la obra, hecha con lujo y primor, apareció el hermoso dibujo de Villegas, al lado de los de Jiménez Aranda, Gonzalo Bilbao, García Ramos, Mattoni y otros insignes pintores sevillanos.
Mozo ya, volví a ver al excelso artista. Siempre me acogió con grandes muestras de afecto, recordándome la amistad paterna. Y siendo ya un personajillo, ¡nada menos que el benjamín de los concejales sevillanos y de los académicos de mejor o peor letra!, me interesé en el homenaje que al pintor de la luz tributó su ciudad natal, aunque no tuve la dicha de alcanzar que adquiriese Sevilla la serie portentosa de los cuadros que forman la colección de “El Decálogo”, obra cumbre del egregio sevillano. Esta colección está formada por un total de doce cuadros, uno dedicado a cada Mandamiento, más un prólogo y un epílogo.
Un día de la primavera del año 1919, y no va de cuento, sino que es historia viva y caliente en mi corazón, los hermanos Alvarez Quintero, leían a su venerado amigo y maestro, el autor de la referida “Historia de muchos Juanes”, los borradores de un trabajo que habían compuesto, por vía de prólogo, para el álbum que los admiradores de toda España les dedicaban y en el cual se reproducían sus mejores cuadros.
Fui testigo de aquella lectura. Allí, en el gabinete de trabajo del último gran cronista de Sevilla, entraba a torrentes el sol de la tarde caldeando el ambiente, cual si quisiera sumarse al cariño y a la admiración que los poetas allí reunidos sentían por el archifamoso autor de “El triunfo de la Dogaresa”.
Aún recuerdo la escena: Don Luis, ya vencido por el peso de los años, arrellanado en su sillón, escuchaba embebecido la lectura de Serafín, sentado a su diestra, y enfrente a Joaquín, con el que cambiaba expresivas miradas de aprobación y aplauso, a medida que la lectura transcurría. Terminada esta, don Luis se incorporó en su asiento y con el brazo derecho atrajo a sí al maravilloso lector, exclamando:
–Ese, ese es Villegas, tal como lo habéis retratado. ¡Bien le pagáis, por lo ideal y al propio tiempo verdadero, el retrato que os hizo!
Don Luis obsequió a sus huéspedes, como lo hacía por costumbre, con unas cañas de olorosa manzanilla, servidas en el cañero, presididas por la de Menéndez y Pelayo, por haberla el eminente polígrafo usado más de una vez en ocasiones semejantes.
Después de un sorbo, Joaquín Alvarez Quintero dijo:
–Mucho nos halaga, querido don Luis, que le haya agradado nuestro trabajo, puesto que usted conoció y trató mucho a Villegas desde la niñez y ha seguido muy de cerca a nuestro amigo. ¡Cuántas cosas podría usted decirnos del hombre y del artista!
Las cañas, apuradas en los tres clásicos tragos de rigor, volvieron a llenarse. La manzanilla burbujeaba aprisionada en el cristal, recogiendo los últimos rayos del sol, que desaparecía por los callejones del barrio de la tradición y la leyenda. Don Luis se acarició la frente cual si llamase a sus recuerdos y con aquella voz suave que parecía hecha para recitar poesías, dijo a sus amigos:
–Conocí a Villegas desde niño y vi los primeros garabatos del artista. El padre de Villegas era industrial y a sus clientes, en el establecimiento de la Plaza del Salvador, mostraba los dibujos del hijo, en el cual tenía fe absoluta. Después traté a Villegas siendo mocito, en casa del editor don Carlos Santigosa, donde hacía dibujos litográficos, como los hizo Jiménez Aranda.
Congeniamos y fuimos buenos amigos. Cuantos apuntes hacía, y era fecundísimo, los sometía a mi aprobación. Yo formé, desde el primer momento, en el reducido grupo de los jóvenes que alentaban al artista mozo. En Sevilla, a la verdad, no se le dio importancia, y solo sus familiares y muy contados amigos creyeron en el triunfo de Pepe Villegas cuando este, en alas de su ideal, marchó a Roma.
Trabajó mucho y pasó muchos años en Roma, hasta el punto de hacer propósitos de volver a Sevilla. De pronto, y merced a Fortuny, que sorprendió en él los primeros efluvios del genio, adquirió en Roma gran renombre y, salvando los Alpes, llegó a París, que equivalía a ser conocido en todo el mundo. Le oí decir muchas veces a Pepe Villegas –seguía contando don Luis – que a Rosales, en cuyo estudio pintaba, debió la venta del primero de sus cuadros. Hallábase el pintor sevillano en casa de un aficionado donde se reunían los más famosos pintores españoles y franceses. Se hablaba de los últimos cuadros expuestos en París y Zamacois, que no lo conocía ni de vista, ni de oídas, dijo:
–Señores: ¿A que no aciertan ustedes cual fue de los cuadros expuestos en el estudio de Mercader el que más llamó mi atención? Pues fue uno de género, cuyo autor, ignorado de todo el mundo, ha jugado una mala partida a X, que a su lado ha desempeñado un mal papel.
Le preguntó alguien por el nombre del autor y el asunto del cuadro y respondió:
–El nombre lo he olvidado. El asunto era español neto: “El descanso de la cuadrilla”.
Rosales miró a Villegas y sonrió.
–Hay en aquel cuadro –siguió diciendo Zamacois – toda la luz y toda la alegría de la plaza de toros de Sevilla en una tarde del mes de mayo. Los franceses se han vuelto locos viendo aquel prodigio de gracia y de colorido.
Rosales, sin poder contenerse, creyó llegada la ocasión de hacer una presentación en toda regla y dirigiéndose con la palabra a Zamacois y señalando a Villegas con el dedo, dijo:
–Aquí tenéis al autor del cuadro.
Pocos días después, y por mediación de Zamacois, Villegas vendió en 150.000 francos oro, “El descanso de la cuadrilla” a Mr. Stuard.
Don Luis hizo una gran pausa, dio una chupada al cigarrillo y continuó:
–Recuerdo muy bien cuando Villegas volvió a Sevilla, al cabo de quince años. Ya era un pintor de fama mundial y volvía joven, modesto y generoso. Sorprendía verlo con su desaliñada ropilla y su sombrero hongo levemente inclinado al lado izquierdo. Un día, en su casa, enseñándome sus cuadros y apuntes, me habló de un gran cuadro que preparaba, “El triunfo de la Dogaresa” y me explicó detenidamente el asunto y los estudios que hacía. Una semana después, en un artículo periodístico, comunicaba yo a los sevillanos el asunto y las características de este famoso cuadro, tal vez lo mejor del autor, según Villegas me lo había referido.
¿Qué decirles a ustedes de la obra de nuestro amigo, si nos es tan conocida? Ustedes, niños (así llamaba don Luis en la intimidad a los gloriosos autores de “Malvaloca”), habéis hecho una semblanza maravillosa en este prólogo del artista y del hombre. Porque ustedes, como Villegas, desde el pináculo de la gloria, vuelven con cariño los ojos al áspero sendero que recorristeis y bendecís las zarzas y las malezas que hirieron vuestras plantas. Dichosos ustedes, cual Villegas, más que como artistas, como hijos que, en fuerza de desvelos, de abnegaciones sin número, de sacrificios sin cuento, conseguisteis labrar la felicidad de vuestros padres.
La voz de don Luis se extinguió con un dulce eco de melancolía. Serafín Alvarez Quintero, no pudo ocultar su emoción. Joaquín, al despedirse, abrazó al viejo poeta y le susurró al oído:
–Don Luis, le debo a usted una lágrima.




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