Las dos únicas obras del sevillano Velázquez que se conservan en nuestro Museo son “La cabeza del apóstol” y “El retrato de Cristóbal Suarez de Ribera”.
Velázquez, aunque nacido en Sevilla, es poco conocido en nuestra ciudad, ya que muy pronto marchó a Madrid a buscar fortuna en la Corte de los Austrias, alcanzando la amistad personal de Felipe IV que lo convirtió en su pintor de cámara y muchas cosas más. De ahí que sean pocas las anécdotas o leyendas que de él se conocen y, en cambio, sí muchos estudios sobre su obra realizados por eruditos en la materia.
Por eso sabemos que fue conocido como el pintor del aire, pues fue el primero que reprodujo fielmente, no solo personajes con caracteres y paisajes con luz y sombra, sino también la atmósfera que hasta él había escapado a la posibilidad de ser reproducida. En “Las Meninas” se aprecia perfectamente la atmósfera, en penumbra, de la espaciosa sala que en el palacio de Madrid servía de estudio al pintor. De igual modo que en los interiores, consiguió Velázquez la impresión de atmósfera auténtica en los exteriores, como puede apreciarse en “Las lanzas” o “Rendición de Breda”, en el que consiguió el mismo efecto.
Pero, en fin, algo de historia anecdótica, quizás leyenda, podemos contar de la vida del pintor. Había entrado como discípulo en el estudio de Francisco Pacheco y en seguida quedó enamorado de su hija, Juana Pacheco, que contaba con quince años de edad. La cosa le cayó bien al maestro, pero no hubo quien le reprendiera su excesiva confianza, a lo que Pacheco contestaría:
–Estad seguros que ese muchacho me dará nietos que valdrán más que vos y que yo.
Pasados algunos años, cuando Velázquez no tenía aún los cuarenta años acometió el trabajo de “Las Meninas” El rey, todas las mañanas, iba a la cámara donde el pintor trabajaba y observaba cómo iba avanzando el enorme cuadro. Finalmente una mañana Velázquez le dijo a don Felipe:
–Señor, el cuadro ya está terminado.
El rey lo miró detenidamente, retrocedió unos pasos atrás para verlo mejor y mirando al artista fijamente, le dijo:
–Pues no lo encuentro acabado. Le falta algo.
El pintor se quedó algo perplejo, pero reaccionó con celeridad:
–¿Qué le falta, señor? Decídmelo y lo solucionaré inmediatamente.
–Pues le falta un detalle, pero prefiero ser yo mismo quien lo pinte.
Y tomando un pincel fino lo mojó en pintura roja, se acercó al cuadro y sobre el pecho de la figura de Velázquez, esbozó el rey, con mano segura, la cruz de Santiago. De esta manera, Felipe IV otorgaba a Velázquez la preciada insignia de caballero de Santiago para lo que, hasta los más encumbrados nobles, tenían que hacer largos trámites y pruebas de limpieza de sangre.
Diego Velázquez y su esposa Juana Pacheco, tuvieron varios hijos. Uno de ellos, Isidro de Silva y Pacheco, llegó a entroncar con sangre real. Se había cumplido la profecía de Pacheco. Tuvo nietos que valieron más que él. Por otra parte, el matrimonio de Diego y Juana fue tan duradero como sus vidas. Tan unidos estuvieron que no pudieron sobrevivir el uno al otro. Murieron con tres días de diferencia…
Sobre la “La cabeza del apóstol” podemos decir que data de 1619, que se dio a conocer en 1914, que salió a subasta en 2003, que en 2006 fue adquirido por el Museo del Prado y que en la actualidad se encuentra depositado en el Museo de Sevilla.
Respecto al Retrato de Cristóbal Suarez de Ribera, se conoce que don Cristóbal murió en 1616 y que Velázquez lo pintó en 1620, lo que supone que se dio una cierta prisa en su ejecución. Vamos, que no se paró mucho en lindezas. Más bien parece que se le presentó como un trabajo de encargo o de compromiso. Y tuvo que ser esto último y no es fácil de deducir. Quien le consiguió a Velázquez el contrato para realizar esta obra fue Francisco Pacheco, su suegro, y no olvidemos que don Cristóbal fue el padrino de bautismo de su hija Juana, de la que se enamoró don Diego, el pintor, nada más ingresó en el estudio de Pacheco, y con quien se casaría, como ya hemos contado. Todo quedaba en la familia.
El cuadro fue colocado junto a su tumba en la iglesia de San Hermenegildo, la situada en la zona norte de la Ronda Histórica de Sevilla. No confundir con la capilla del antiguo Cuartel del Duque y que permanece en la plaza de la Gavidia. El cuadro pasó a ser propiedad del Ayuntamiento y está depositado en el Museo de Sevilla.
Se trata de un retrato sobrio, póstumo, probablemente hecho con rapidez y sin muchas ganas. El personaje, con cara y cuerpo que revelan el disfrute de una buena vida, se muestra de rodillas, señalando hacia el retablo mayor donde estaba un San Hermenegildo obra de Martínez Montañés. No hay que ignorar en el cuadro el recurso de la socorrida ventana de fondo a través de la cual se advierte un hermoso jardín con cipreses perteneciente a la iglesia y que, según noticias, ha permanecido así hasta casi nuestros días.


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