domingo, 10 de agosto de 2014

El Barroco.



Divagar sobre el barroco en una ciudad como Sevilla es algo que se me antoja un tanto peligroso. Sevilla es barroca. Sus retablos, sus imágenes, sus pasos de Semana Santa, su concepto de la estética… Incluso su gente. Aquí gusta el barroco por lo que tiene de exceso, de exuberancia, de recargamiento, de pesadez, por sus líneas curvas, por el horror al vacío, por la fastuosidad… De cada una de esas cosas tiene algo el sevillano…
Por otra parte simboliza el espíritu de la Contrarreforma en los países católicos y como consecuencia puede entenderse como un rechazo a las formas clásicas.
Ahora bien. Aquella devoción, tal vez un poco timorata y algo sensiblera, que debió de imperar en Sevilla hacia los siglos XVI - XVII y de la que algo se ha debido heredar, pues exigiera que los artistas realizaran imágenes terminantemente humanas y reales.
Así, por ejemplo, en el Jesús del Gran Poder , es evidente que se ha querido tallar una cara realista. Pero Jesús, naturalmente, pudo más que Juan de Mesa y que todos sus devotos contempladores. La gubia del ejecutor en este caso, mordió en el rostro de Jesús con apasionada crueldad, logrando plasmar de alguna manera la textura de una carne martirizada. Y resultó algo que, visto de cerca, no es real en absoluto, pero que penetra, conmueve y compone el gesto más espeluznante de toda la imaginería española.
Vamos a cambiar de ejemplo. Vamos a mirar una talla en madera, muy celebrada, ante la cual merece la pena detenerse para discurrir un poco, intentando aplicar las ideas desarrolladas anteriormente. Me refiero al “San Bruno” de Martínez Montañés. Y quiero puntualizar que este santo varón es el fundador de la Orden Cartujana.
Creo que después de conocer su biografía, hay que mirar detenidamente a este San Bruno. Montañés nos lo presenta como un buen frailecillo, poquita cosa, quizás desnutrido, absorto y como en actitud de éxtasis ante su crucifijo de madera. Una vez que haya bajado los ojos y haya regresado a la realidad, solo tendrá, probablemente, una tímida mirada interrogante y una expresión confusa como de un hombre bueno y algo despistado. Miremos como miremos, si recordamos el carácter de aquel hombre que fue capaz de tenérselas con su arzobispo, y en aquellos tiempos, perder sus bienes, rehusar el favor de un Papa y crear la regla más dura del mundo, apta solo para voluntades heroicas, para locos o marginados de la vida, tendremos que reconocer que esta imagen de San Bruno no es, precisamente,  lo que suele llamarse un retrato ni biográfico, ni psicológico.
Aquí podemos reflexionar sobre ese curioso fenómeno como es el tratamiento del retrato. Un mismo personaje histórico, puede ser considerado y entendido de diferentes maneras, según el autor que lo ejecute. Incluso un mismo autor, puede hacer dos retratos del mismo personaje y diferir en sus respectivos tratamientos. Muchas versiones del San Bruno andan por templos y museos. Basílica de San Pedro, la Cartuja de Granada o el de Santa María de los Ángeles.
Yo creo que si repasamos estas imágenes, encontraremos diferencias sustanciales que podrían dar lugar a interpretar el carácter del retratado de muy distintas maneras. En la Basílica de San Pedro muestra un perfil agudo como de bicho rapaz, con algo de tímido y sibilino, representando tal vez al intelectual, pero nunca al héroe.
Por el contrario, el “San Bruno” de Alonso Cano en la Cartuja de Granada, tiene ojos de pícaro menesteroso que pide con temor.
Quizás el San Bruno de Santa María de los Ángeles, la gran iglesia del Buonarotti, que se encuentra alojada entre los contrafuertes de las viejas Termas de Diocleciano, ya no mira al cielo. Tiene los brazos cruzados y la mirada baja. Tanto la postura como los rasgos de su rostro, acusados y tensos, denuncian concentración y energía. Esta es la única imagen que parece ofrecer ciertas características que pudieran aproximarla a aquel erudito singular, tenaz y valeroso.
La de Sevilla nos ofrece la imagen de un frailecillo amable y nada legendario que muy bien pudiéramos encontrar aquí mismo, tomando pacíficamente el sol en cualquiera de los patios que sirvieron de desahogo, entrada de luz y ventilación a las estancias de este convento. Acabada con intachable exactitud, pulida y encarnada, conseguida la humana apariencia hasta en el más mínimo matiz, sin el menor asomo de lirismo, ni de fantasía, esta talla nos sorprende y casi nos enoja con su extraño verismo puramente epidérmico. Lirismo que viene hacia nosotros desde una nueva etapa, como de transición, en la que aún le falta mucho para ser criatura viviente, pero ya le sobra algo para ser obra de Arte.
Nunca como ante esta imagen, hemos visto tan claro que la creación artística consiste, precisamente, en alterar en algo la cosa copiada. Si hemos de ser sinceros, esta imagen de “San Bruno” de Montañés, junto con obras de igual estilo que pueden verse por Sevilla, no corresponde a la maestría y genio de la que Montañés dio prueba en otras obras suyas que en Sevilla nos acompañan y nos asombran.
Vamos a dar ahora un quiebro a nuestra reflexión. Vamos a encontrarnos con una talla en madera, esta vez obra de Juan de Mesa. Se trata del formidable “San Juan Bautista” (ver imagen), procedente de la Cartuja de las Cuevas. La efigie del Precursor ha sido tallada con un ímpetu y una fantasía que desorientan. En él, sobre todo en la cabeza altiva, no falla nada. Por el contrario, claramente se aprecia que algo sobra. Por encima de la cabellera negra y ondulada que, de manera insólita, nimba con una especie de autoridad profética la testa juvenil.
Sobra energía en el entrecejo prieto y en los ojos que disparan un mirar severo y alucinado. Es, exactamente, la cabeza que corresponde a un muchacho montaraz y decidido, capaz de jugársela sin vacilaciones, solo por decir verdades a una Herodías orgullosa y poner inconvenientes a una Salomé presuntuosa y enamorada.
Todo lo que en “San Bruno” era cotidianeidad, aquí en “San Juan”, es improvisación y genio. Aquel demuestra que costó trabajo. Este parece terminado de un golpe, mediante un solo toque de una gubia milagrosa.
Y llegado este momento, una vez más, volvemos a plantearnos lo de siempre: si el uno o el otro. Si Juan de Mesa o Martínez Montañés. ¿Quién se atrevería? Y también podríamos eternizarnos hablando de esta Sevilla barroca en lo artístico, en lo externo, en lo costumbrista, en lo emocional y en lo más íntimo… Eso sería prolijo y un tanto peligroso…


Del libro de Joaquín Arbide Divagando por el Museo de Sevilla  Guadalturia Ediciones

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