Siempre me agradó disfrutar de un lento paseo por cualquiera de los patios del Museo antes de entrar en la iglesia. Hoy hace un día de cielo azul, de sol que calienta levemente, que invita a prescindir de cualquier ropa de abrigo y que se presenta insultante, como premonición de una primavera inminente.
El silencio se hace más largo. Solo percibo el zumbido leve de algún insecto revoloteando por entre los setos. También es un placer dejar correr el tiempo sentado al sol, como lo harían por estos claustros aquellos frailes mercedarios, alejados de inútiles problemas y sumidos en sus rezos, lecturas y meditaciones…
Cumplido este ritual, que sirve de descanso después de tan complejas y diferentes contemplaciones, nos encontramos dispuestos a enfrentarnos con una nueva y especial etapa del recorrido.
Es obligado y oportuno comentar que lo que fuera iglesia del antiguo convento mercedario se haya convertido en la sala más importante, solemne y espectacular del Museo. Este ámbito ha venido a ser un conjunto único donde todo se ajusta y se acomoda para lograr un ambiente en el que, y valga la aparente contradicción, se dan cita lo recogido y lo grandioso, creando un ámbito que solo podría ser superado por las salas centrales de museos como El Prado o El Louvre.
Aquí se acomodan cuadros de carácter religioso. La luz, que baja muy clara y desde muy alto, no da reflejo alguno. Los visitantes se pierden dispersos en este enorme ámbito. Los rumores sin eco se amortiguan rápidamente. Por tanto es fácil que la contemplación en este lugar sea reposada y sin obstáculos.
Aunque la nave alcanza gran altura, las pinturas magníficas, todas grandilocuentes y grandiosas, rebosantes de color, no dejan en ningún punto sensación de vacío. Y el visitante, si gusta, antes de fijar su atención sobre una obra determinada podrá comprobar aquí un efecto curioso que merece la pena destacar.
En los ambientes claros y un tanto asépticos de las grandes estancias de los grandes museos, ocurre siempre que las obras expuestas pierden por completo la significación religiosa, en el caso de contenerla. Estoy seguro de que a nadie se le ocurriría, no ya rezar, ni tan siquiera relacionar con el culto a ninguna de las innumerables imágenes expuestas en nuestros museos. En la blanca quietud de las salas, la esencia religiosa de las pinturas y también de las tallas, se evapora y desaparece completamente. Y por tanto, las imágenes, antes sagradas, descienden a la mera categoría, por otra parte respetabilísima e importantísima, pero puramente humana, de obras de Arte.

Pues bien. Si el visitante, el espectador, es mínimamente sagaz y observador, y lleva sus sentidos bien despiertos, notará que todo lo expuesto anteriormente no es del todo aplicable a esta iglesia del Museo de Sevilla. Bajo las altas bóvedas, en el ábside sin retablo, por los brazos del crucero y hasta los pies de la profunda nave, los lienzos cuelgan y las tallas se acomodan, con cierta naturalidad, como si estuviesen en cualquier altar de cualquier iglesia abierta al culto. Aunque secularizadas, sin altares a sus pies, sin columnas ni hornacinas que las enmarquen y recojan, las imágenes por solo la fuerza de su propio contenido y simbolismo, nos transportan al definitivo ambiente eclesial y condensan a su alrededor una especie de místico halo. En este ámbito, las imágenes religiosas, inexplicablemente, no quieren dejar de serlo, como si se negasen a ser piezas de museo y quisieran seguir siendo aquello para lo que fueron creadas: para imágenes religiosas.
Recuerdo que, cuando yo era estudiante, hace ya más de medio siglo, y visitaba con más frecuencia que ahora el Museo, el impresionante San Jerónimo de Pedro Torrigiano estaba en el centro geométrico del crucero, bajo la espectacular y sobrecogedora cúpula que decoró Domingo Martínez en el S. XVIII. Desgraciadamente, para mí, ya no ocupa ese lugar. Y hace más de medio siglo, yo me estudié en profundidad, el San Jerónimo que ahora está en otro lugar del Museo, menos solemne, desde luego.
Se trata de una obra en barro cocido modelada sobre 1525 por aquel irascible florentino, rival nada más y nada menos que de Miguel Angel, que según dicen los historiadores, moriría tres años más tarde en la cárcel por haber tenido un pequeño roce con la Inquisición sevillana, poco inclinada a que se le llevase la contraria, según hemos podido saber a través de la Historia. Como buen artista se volcaba en la realización de sus obras y mantenía en pie sus criterios personales…
Pero vamos a nuestra reflexión o más bien a nuestra divagación. Es un fenómeno curioso y muy visible, la extraña capacidad que la obra de Arte detenta para poder centrar y aglutinar, como cosa propia, todo perfil decorativo, toda línea envolvente que se mueva en sus inmediaciones. Cualquier lienzo, además de su obligado y particular marco, se acomoda y encuadra entre los bordes del paramento que le ofrece apoyo, poniendo a su servicio, como otro nuevo marco suplementario y ostentoso, el zócalo y los baquetones, la tapicería de cálido tono y la escocia del techo. De la misma manera una estatua en mitad de un parque, hace suyos y utiliza como propia hornacina, los fustes más cercanos, acogiéndose bajo los curvos ramajes de los árboles que sobre ella se inclinan, protegiéndola, envolviéndola y enmarcándola.
Todos conocemos la enorme altura de los arcos torales del crucero de la iglesia barroca del Salvador. Pocas veces los miramos deliberadamente, porque para contemplarlos es necesario tomar una postura un tanto incómoda y no siempre la luz acompaña. Pero es suficiente que en los días de Semana Santa, sitúen al Cristo del Amor bajo uno de ellos, para que ese arco descienda, se haga humilde y termine siendo hornacina a la figura menuda que le han colocado debajo. Es entonces cuando, además de mirar la imagen, asumimos los dos pilares que suben portentosos y se cierran, allá arriba, en arco. Ahora, ese Cristo y ese arco pasan, por un curioso milagro, a formar un conjunto armonioso que, en su desproporción, encierra una grandeza peculiar e impresionante.
Pues bien. Este misterioso poder de atracción centrípeta, mediante el cual la obra de Arte retiene y utiliza, de manera absolutamente egoísta, todas las posibilidades decorativas de los perfiles que le rodean, se manifiesta de manera particular en este barro del Torrigiano y en aquella colocación acertada de la que disfrutaba hace más de medio siglo. El centro de simetría del crucero, bajo la vertical de la cúpula henchida de luz. Y aunque el San Jerónimo sea de dimensiones naturales, aparece menuda, tanto como nosotros los espectadores, pero él ha captado el dintorno y lo ha hecho suyo. Aunque no se quiera, al mirar a San Jerónimo, siempre se ven las fuertes pilastras, los brazos del crucero, el ábside y la cúpula, todo ello como encuadre y cobijo de la débil y exhausta figura.
Me van a permitir que establezca algunas comparaciones. Recuerda cuantas obras maestras están encuadradas en un escenario propicio. “La Victoria de Samotracia” “La Venus de Milo” “La Familia de Carlos IV”, “El Torso del Belvedere”, “El David” de Miguel Angel “La Trasfiguración” de Rafael, “La Madonna” de Giotto, “El Constantino” de Bernini…
Pero aquí, en el Museo de Sevilla, en la iglesia de la Merced, sin chovinismo de ninguna clase, creo que este “San Jerónimo” de barro cocido es, en el momento al que me refiero, una de las esculturas mejor encuadradas del mundo.
Honor que se merece, pues es una pieza única frente a la cual bien vale la pena de que el espectador se detenga algunos minutos y que, igualmente lo haga, en su nueva ubicación, quizás más racional, pero no tan espectacular, subyugante y oportuna. Al menos, yo, no la comparto.
Se me ocurre un ejemplo. Los catadores de vino, para comprobar su calidad, proceden a todo un rito. Primero levantan la copa y la miran a contraluz, como para filtrar el azul del cielo a través del ámbar espirituoso, consiguiendo de este modo, sin saberlo, una fina y primorosa veladura… Luego, inclinando la copa y haciéndola girar para que el líquido bañe las paredes y se evapore con más rapidez, aspira lentamente el aroma que sube, deleitoso. A veces basta con esto para determinar el origen y la vejez del caldo. Y solo en último lugar, sin prisa alguna, el catador lleva a efecto lo que cualquier persona normal, hubiese hecho de arranque con culpable rapidez: beberse el vino, que es de lo que, al fin y a la postre, se trata.
Y volvamos a lo que nos ocupa. De manera semejante, los catadores de estatuas realizan un movimiento típico, lento y solemne, casi litúrgico, que consiste en dar la vuelta, cuando ello es posible, en derredor de la obra. Con esto, es la obra la que parece girar ante nosotros, como una copa, y nos va mostrando todos sus perfiles, reflejos, matices y sombras, y nos entrega generosa como un vino, su más íntimo aroma. Y alguien ha dicho que, cuando la escultura es perfecta, ofrece desde cualquier ángulo que se la contemple, un perfil y un relieve tan verdaderos como armoniosos. En cambio, si hay un punto de vista desde el cual se aprecie algo así como un umbral, un tropiezo, una costura, tal cual si la obra estuviese formada por dos mitades adheridas, como ocurría con los soldaditos de plomo de nuestra niñez, entonces será deficiente.Algunos críticos opinan que la obra escultórica no debe requerir mirarla en derredor, porque eso es lo que pasa con la naturaleza viva, con las personas o con un árbol, por ejemplo. Y el arte, que es más que la naturaleza, lo debe expresar todo y verlo y entenderlo desde un solo punto de vista. Difícil manera de entender la contemplación en el caso de la escultura. Y ningún ejemplo más oportuno y rotundo como este “San Jerónimo” de Torrigiano, que te sorprende desde cada ángulo de visión que elijas. A veces pienso que estos críticos son un tanto duros, pues sus planteamientos pueden ser válidos para la contemplación de la pintura, pero se quedan cortos en el caso de la escultura. Entender una talla en su totalidad sin poder escudriñarla desde distintos puntos de vista, nos lleva a pensar en Picasso y sus caras de perfil a las que se le ven los dos ojos…
A pesar de los comentarios, merece la pena dar pequeños paseos en derredor de “San Jerónimo” pues, aunque todavía no apuntaba el barroco, todo es en él expresión y drama. Hasta el barro cocido, con su áspera textura y su pardo color, representa a la perfección el cuerpo maltratado del humilde y exhausto penitente. Por cierto. Qué distinto este San Jerónimo de ese otro que está por aquí cerca, en hábito de arzobispo, solemne y doctoral, cubierto de ropajes suntuosos…
Del libro de Joaquín Arbide Divagando por el Museo de Sevilla Guadalturia Ediciones


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