Un museo, como una colectividad, se caracteriza tanto por lo que poseen o practican, como por aquello de que carecen o que, deliberadamente, se prohíbe. Digo esto porque la planta baja de nuestro Museo, queda perfectamente definida por el marcado carácter meramente religioso y hagiográfico de sus cuadros o esculturas, como por la escasez de pinturas profanas y, muy especialmente, por la ausencia absoluta de desnudos, tan abundantes en otras pinacotecas del mundo. De modo que, si hasta el momento, hemos ido comentando todo aquello que veíamos, ahora nos vemos obligados a discurrir un poco sobre este tema, el de los desnudos, precisamente por no haber visto ninguno en largos recorridos por el Museo, ya que su ausencia absoluta nos ha hecho pensar en ellos con tanta intensidad, como si las galerías hubiesen estado cubiertas por aquellas epidermis rosas y suaves, que hicieron Tiziano, Giorgione o Boucher.
La cuestión del desnudo en el arte es materia difícil y opinable como pocas lo fueron, y su historia resulta sugestiva y accidentada, igual que las de todas las audacias que en la Historia han sido. El desnudo arranca desde muy atrás. Están en vasos griegos de la época arcaica y en frescos romanos, en los que se inspiraron pintores como Giotto, en 1305, para su obra “El juicio final”, deliciosamente ingenuo, que puede contemplarse en Padua. Pues, bien. En este caso sucede que la figura femenina acabada, por cierto, con cariño y perfección inesperadas, se encuentra, como era fácil suponer, ¡en el infierno!, donde sus carnes están siendo atenazadas por unos demonios que, de puro feos por malos, no solo no inspiran temor, sino que resultan divertidísimos y llaman a la sonrisa, si es que no a la risa total. Por aquel entonces el desnudo solo era considerado como prólogo de penitencia o de tormento. ¡Qué vamos a decir sobre esto!
Tuvieron que pasar ciento setenta años, para que Boticelli sacara a la carne femenina de las simas infernales y se atreviese a colocarla a la orilla del mar o en mitad de un bosque, donde dioses y ninfas se ofrecían enteras, pero frías, como meros símbolos, con gloriosa inocencia, a la caricia del agua y el viento. El desnudo fue considerado como un bello espectáculo de la naturaleza, casto y admisible, como pura poesía. Algo era algo. La cosa parece ser que, de alguna manera, se iba encaminando.
Solo sesenta años más tarde, hacia 1538, pues la evolución era ya más rápida, Tiziano ha pasado a colocar su “Venus” en un recinto cerrado donde hay cortinajes y un lecho, y servidoras discretas y en cuyo ambiente se remansan tibios perfumes de alcoba… Dibujo y colorido se han hecho también más naturales. Las carnes lucen aterciopeladas y los cuerpos, reclinados, parecen irradiar su dulce calor. El desnudo supone ya, sensualidad… Vamos, poco a poco, pero vamos.
Una verdad evidente es que un desnudo no puede estar pintado y concebido ya, desde su principio, desde que se insinúa en la fértil imaginación del artista, con intención libidinosa. Permanecer durante tres meses contemplando una bella muchacha tentadora y llevando adelante el intento puramente técnico y artesanal de trasladar al lienzo su figura, si al mismo tiempo se está obsesionado por una apetencia sexual, resultaría cosa en absoluto insoportable para cualquier varón normalmente constituido.
La verdad es que el pintor selecciona y convoca a su estudio a la modelo femenina con la misma frialdad profesional con que escoge una docena de pinceles. Y si al pintor se le ocurriera un día la disparatada idea de citar en su estudio a una modelo gentil con intenciones equívocas, una de dos: o todas las intenciones llegaban a gozoso remate en la primera sesión, y entonces el cuadro ya no iba a ser necesario, porque además nunca se iba a pintar. O todas las intenciones no se alcanzaban jamás y entonces el cuadro tampoco sería posible. Total…
Resulta que la obra de arte, sea cualquiera su tema y estilo, no puede nunca apoyarse, bellísimo descubrimiento este, sobre una intención torcida. El Arte y el pecado se nos muestran como esencialmente incompatibles. La creación artística, no ya por imperativos morales, sino por clara urgencia profesional, diríamos artesanal, resulta presa en su génesis, tanto como en su realización. Y así el Arte, igual que algunos barones de santidad insigne, no es que rechace el pecado, es que lo ignora. Y gozando de un glorioso privilegio, queda por encima de él, inmaculado, sin sospechar siquiera, su existencia.
Pero, ojo. Queda el espectador. Y el espectador, aunque educado y, quizás, limpio de infecciones, ya no es un artista. Somos cualquiera de nosotros. Ya no está arrebatado por la inspiración, ni preparado por la técnica, ni se mueve como un espíritu puro. El espectador viene de fuera, del mundo apasionado y proclive al pecado. Se coloca frente al cuadro y termina pensando lo que pensamos todos… Y por mucho que se esfuerce y se abstraiga y se encomiende a Hegel o a Berenson…
El desnudo femenino es para el espectador, como una llamada de clarín. Aunque nos pese, cuando en estos someros recintos museales, nos encontramos de pronto frente a los desnudos de oro y rosa, que nos llegan como una llama, algo que no es solo Arte, algo que no es curiosidad técnica, ni valores pictóricos, ni simple goce estético, algo que es más bien ensueño, temblor ante lo desconocido y lo oculto, nos atrapa y nos mantiene estáticos muchos dulces minutos, ante la inmóvil figura perturbadora.
Y por esa teoría, resultará indudable que, pese a la pureza del artista y a la espiritual elegancia que pueda atesorar el espectador, a lo largo de las grandes salas donde los desnudos lucen en la penumbra como lámparas votivas, siempre le perseguirá un lejano bullicio como de bacanal mitológica y siempre le envolverá algo así como un hálito de licencia y paganía. Lo cual no es nada reprobable, porque cada uno debe ver y percibir de la obra de arte aquello que más llegue.
Por otra parte, hay que notar que en este Museo de Sevilla, religioso y místico, casi ascético, que sigue siendo tan convento como en el S. XVII, donde no se encuentran más desnudos que los menudos intentos de la sala de Esquivel, el observador se siente como aligerado, como descargado de una parte del lastre carnal y pecador que a todas partes nos acompaña.
De Esquivel podemos contemplar cualquiera de sus cuatro desnudos, “El casto José”, “Adán y Eva” y dos “Castas Susanas”, y ante ellos meditar unos momentos sobre el tema, meditación que resultará triplemente agradable porque nos permitirá demorarnos ante la contemplación de la obra; nos enseñará una noble manera de enfrentarnos con estas pinturas de doble filo y la meditación vendrá entreverada -¿por qué no?- con una leve y humana sugestión erótica.
No obstante, siempre bastarán los escasos y honestos desnudos que veremos en otras salas, para que cualquier visitante corra peligro de confundirse y mire estos lienzos con ojos de hombre pecador y se acuerde de que está aprendiendo a hacer crítica cayendo inocente en la trampa erótica que todo cuadro de esta clase tiende al contemplador desprevenido… O excesivamente prevenido…
Alguien dijo que un cuadro, antes de ser un caballo o un desnudo de mujer, es una superficie recubierta de colores dispuestos bellamente. Por eso, después de admirar cómo debe ser el sereno atractivo que emana de toda mujer hermosa, el aprendiz de crítico se negará rotundamente a cualquier sugestión de carácter erótico y solo buscará los matices pictóricos de la obra para gozarse en ellos, como si estuviera contemplando el más impersonal bodegón.
Creo que este es un tema siempre difícil dentro del Arte. Porque quienes discuten en torno a él, suelen hacerlo de manera apasionada. Probablemente el desnudo en el Arte no es tan tentador como quieren los moralistas, ni tan inofensivo y aséptico como quieren los pintores decididos. También influye el estado de ánimo del espectador. Si yo estoy enamorado y veo un desnudo de estos, indudablemente desdoblo algo en mi interior. Lo que estrictamente estoy contemplando y lo que me sugiere con respecto a una realidad que, por ejemplo, quiero descubrir y vivir con intensidad… Me encanta el “La casta Susana” de Gonzalo Bilbao. Me sugiere cosas imposibles, pero que deseo ardientemente, y eso me estimula la imaginación.
Recuerdo, cuando yo era un chiquillo, que mi padre tenía un libro sobre Goya y traía a toda página una reproducción de la “Maja desnuda”... Cómo despertaron en mí las fantasías eróticas. Qué malos ratos, pero también qué buenos, pasé contemplando aquella bellísima imagen…
Venimos de una educación tradicional, caduca, miedosa del pecado, que nos ha hecho ver que esto es malo, cuando debería ser lo más normal…
La contemplación de estas bellas imágenes nos predisponen al amor. ¿Por qué ocultar la belleza y el arte que pueda ir con nosotros? No tienen por qué ser encantos ocultos para siempre…




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