domingo, 10 de agosto de 2014
El espacio del Museo
No es bueno ir andando al Museo por calles anchas y muy concurridas. El ruido y la multitud te sobreexcitan y cansan sin darte cuenta. Por tanto, no te predisponen ni concentran para contemplar luego unas obras de arte. Por tanto hay que descartar calles como Marqués de Paradas o Alfonso XII. Creo que es mejor acceder, por ejemplo, por la Plaza de la Magdalena y cruzar lentamente el laberinto de callejuelas solitarias que se extienden entre los antiguos barrios de San Pablo y San Vicente, aunque la civilización, que dicen es muy beneficiosa para la sociedad, ya se mete por todos estos rincones, habiendo conseguido hasta pavimentar alguna de esas callecitas, e incluso permitiendo la circulación de vehículos por ellas. Todavía puedes encontrarte algún pasaje, algún rincón escondido, en el que no caben las algarabías, que conserva intactos el silencio y la paz que pueda añorar un artista, un poeta o los simples espectadores como nosotros. Sevilla, todavía, te ofrece estas sorpresas…
Quedan esas historiadas rejas de hierro forjado y balcones menudos repletos de plantas hogareñas, restos de un pasado ya lejano. Aun quedan callejuelas angostas, empedradas y carentes de aceras, que conservan los guardacantones colocados para que las calesas, en su marcha bamboleante, no rozaran contra los muros... Todo esto es anacrónico, lo sabemos. Pero ¿quién no agradece unos minutos de vagar reposado por una calle solitaria del centro de Sevilla?
Es extraordinaria la reflexión que puede establecerse hoy, al comparar las calles que hemos citado o aludido, así como todo el barrio en su conjunto, con el enjambre ruidoso y enmarañado en que se ha convertido en la actualidad, no solo esta zona, sino cualquier otra del casco antiguo de Sevilla.
Creo que con este calculado movimiento de lenta y tranquila aproximación hacia el Museo, nuestra tensión se disipará, seguramente, y nuestros nervios quedarán apaciguados. Para contemplar un cuadro, necesitamos de un estado de ánimo especial, el mismo que necesitamos para escuchar un poema o un concierto. Y semejante nivel de relajamiento muy bien pudiera alcanzarse mediante este baño de silencio y quietud que nos llena mientras cruzamos, lentos, el viejo barrio intacto. A los pocos minutos, nos encontraremos frente al Museo.
Me gusta la fachada, por lo movida que es de dibujo y lo rica en materiales. Menos mal que esta placita ha logrado conservar su envidiable quietud provinciana. En contraste con el colorido general de la ciudad, el ocre o el blanco, el edificio presenta una tonalidad rosada que contrasta bellamente con el blanco de las casas próximas, el azul del cielo meridional y el verde brillante de los arboles.
Sería muy difícil establecer cual fue su aspecto primitivo, seguramente más sencillo que en la actualidad, porque esta fachada ha sufrido varias reformas profundas, la última de ellas muy reciente, años cincuenta, pero se sabe con seguridad que fue terminada a principios del S. XVII. Y, consecuente con su época, nos ofrece la horizontal serenidad de las líneas renacentistas, aunque mordida y recortada, enriquecida de aristas y de sombras por una de aquellas genialidades, un tanto dislocadas, del manierismo.
Como el edificio fue construido para convento, dispuso naturalmente de una gran iglesia aneja que tuvo entrada pública por la tranquila calle que hoy se llama Bailén. La portada de piedra que en ella se montó un siglo más tarde, era alta y suntuosa. Parece que fue dibujada a principios del S. XVIII por un buen religioso mercedario llamado Fray Antonio de la Concepción y todavía nos seduce, de arranque, con el encanto peculiar de las composiciones audaces y llenas de pasión que no se sujetan a ninguna norma estilística más o menos rígida.
Posteriormente, para hacerlo más visible, este bello conjunto fue desmontado de su escondido emplazamiento y vuelto a erigir en el eje de simetría de la fachada principal. Y si bien perdió con ello coherencia estilística, ganó sin duda en riqueza y movimiento, pues la atrevida inserción vino a revitalizar el peculiar sosiego de la composición renacentista.
El edificio cubre toda la manzana, pero no constituye una unidad arquitectónica bien definida. Si decidiésemos recorrer su contorno, iríamos encontrando sucesivamente, en cada una de sus cuatro fachadas, las más dispares formas constructivas que puedan imaginarse. Desde un frente de casa andaluza, enjalbegado de arriba abajo, hasta el enorme muro desnudo y ciego, típica medianería de convento medieval...
Salvo en la fachada noble, el edificio viene coronado por un largo festón de teja árabe. Y dándole cima, se yergue una espadaña, ya sin voces, ornada con mosaicos de Sevilla y con recortes de cielo azul. Se trata, pues, de un edificio incoherente por fuera, que también lo será por dentro. Pero es necesario advertir que la palabra incoherente no encierra en la menor intención despectiva, sino solo el significado meramente técnico que tiene en crítica de Arte. Incoherencia es la falta de cohesión o de concordancia, entre las diversas partes de un conjunto artístico.
Y puede que esto no sea un defecto. Pues su incoherencia le presta al Museo, como a las medinas marroquíes y a las viejas ciudades italianas, un exotismo y una gracia peculiares que no han sido meditados, ni obedecen a proyecto alguno, y se han formado, como por pura casualidad, con el paso de muchas generaciones, estilos y lustros.
Del libro de Joaquín Arbide Divagando por el Museo de Sevilla Guadalturia Edicines
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