domingo, 10 de agosto de 2014
El convento de la Merced.
Me gusta la fachada, por lo movida que es de dibujo y lo rica en materiales. Menos mal que esta placita ha logrado conservar su envidiable quietud provinciana. En contraste con el colorido general de la ciudad, el ocre o el blanco, el edificio presenta una tonalidad rosada que contrasta bellamente con el blanco de las casas próximas, el azul del cielo meridional y el verde brillante de los arboles.
Sería muy difícil establecer cual fue su aspecto primitivo, seguramente más sencillo que en la actualidad, porque esta fachada ha sufrido varias reformas profundas, la última de ellas muy reciente, años cincuenta, pero se sabe con seguridad que fue terminada a principios del S. XVII. Y, consecuente con su época, nos ofrece la horizontal serenidad de las líneas renacentistas, aunque mordida y recortada, enriquecida de aristas y de sombras por una de aquellas genialidades, un tanto dislocadas, del manierismo.
Como el edificio fue construido para convento, dispuso naturalmente de una gran iglesia aneja que tuvo entrada pública por la tranquila calle que hoy se llama Bailén. La portada de piedra que en ella se montó un siglo más tarde, era alta y suntuosa. Parece que fue dibujada a principios del S. XVIII por un buen religioso mercedario llamado Fray Antonio de la Concepción y todavía nos seduce, de arranque, con el encanto peculiar de las composiciones audaces y llenas de pasión que no se sujetan a ninguna norma estilística más o menos rígida.
Posteriormente, para hacerlo más visible, este bello conjunto fue desmontado de su escondido emplazamiento y vuelto a erigir en el eje de simetría de la fachada principal. Y si bien la perdió con ello coherencia estilística, ganó sin duda en riqueza y movimiento, pues la atrevida inserción vino a revitalizar el peculiar sosiego de la composición renacentista.
El edificio cubre toda la manzana, pero no constituye una unidad arquitectónica bien definida. Si decidiésemos recorrer su contorno, iríamos encontrando sucesivamente, en cada una de sus cuatro fachadas, las más dispares formas constructivas que puedan imaginarse. Desde un frente de casa andaluza, enjalbegado de arriba abajo, sembrado de jequecitos distribuidos con alegre y rural desorden, hasta el enorme muro desnudo y ciego, típica medianería de convento medieval...
Salvo en la fachada noble, el edificio viene coronado por un largo festón de teja árabe. Y dándole cima, se yergue una espadaña, ya sin voces, ornada con mosaicos de Sevilla y con recortes de cielo azul.
Se trata, pues, de un edificio incoherente por fuera, como también lo será por dentro. Pero es necesario advertir que la palabra incoherente no encierra en este caso la menor intención despectiva, sino solo el significado meramente técnico que tiene en crítica de Arte. Llamamos incoherencia a la falta de cohesión o de concordancia, entre las diversas partes de un conjunto artístico.
Y puede que esto no sea un defecto. Pues su incoherencia le presta al Museo, como a las medinas marroquíes y a las viejas ciudades italianas, un exotismo y una gracia peculiares que no han sido meditados, ni obedecen a proyecto alguno, y se han formado, como por pura casualidad, con el paso de muchas generaciones, estilos y lustros.
Desde siempre en la Historia del Arte, este fino y desparramado espíritu meridional, como resultado de su propia inquietud, crea lirismo y belleza sin saberlo.
EL NOMBRE DEL MUSEO.
A mí siempre me pareció un poco extraño que el Museo Provincial de Bellas Artes de Sevilla, tan diferente, tan rico y tan singular, no disfrute de otro nombre más sencillo, más rápido, más sonoro y menos académico y que le sirviera para distinguirse de cualquier otro museo, tanto de esta ciudad o de todo el mundo.
Teniendo en cuenta que este de Sevilla es el segundo de España, tanto en riqueza como en interés artístico, ya que así lo creen los sevillanos con mucho orgullo y así lo ha confirmado también, creo recordar que en la obra “El Greco y Toledo”, persona tan autorizada como el doctor Marañón.
La primacía, naturalmente, es para el Museo del Prado (ver foto) y todos aceptamos la enorme diferencia que va del uno al otro. Pero tenemos que reconocer que esa diferencia no resulta de la pequeñez del nuestro, sino de la grandeza y la magnificencia del madrileño. El Prado se escapa, efectivamente, hacia arriba, con tal ímpetu, que deja muy atrás, sin remedio posible, a cualquier otra pinacoteca nacional. Lo cual quiere decir que la de Sevilla, aunque segunda junto al Prado, podría muy bien ser primera en algunos otros países donde el Prado no está.
Existen otros muchos museos como El Louvre, Los Uffizi o el Ermitage, que se identifican con una sola palabra que suena familiar en los oídos de todos los aficionados del mundo. Por eso, este viejo palacio del Barrio de San Vicente, que tanta riqueza guarda entre sus muros, debería tener también una denominación particular y sencilla, capaz de popularizarse en los pocos tratados de Arte y en las guías de Turismo.
Todos sabemos que este noble edificio fue en sus comienzos, hace ya casi cuatro siglos, convento de frailes Mercedarios. Y esta circunstancia dejaría resuelto el problema que apuntamos, pues nos ofrece un nombre corto, sonoro, atractivo, fácil de pronunciar en cualquier lengua y cómodo para ser retenido por la más débil memoria: La Merced.
Pues sí. Esta actualización del nombre de la pinacoteca sevillana, sería un logro. Incluso a los sevillanos, este recurso les daría un medio para referirse sin dudas y con pocas palabras, a su Museo de Bellas Artes, al cual hoy, verdaderamente, no saben como nombrar, aparte de la larga relación que constituye el nombre oficial. Quizás por eso le llamen, sencillamente “el Museo”. No ignoramos la influencia que pueda ejercer la existencia de la Hermandad del Museo, a la que se le llama igual: “El Museo”. Así se lograría que, con solo decir “La Merced”, los especialistas de todo el mundo evocaran nuestra ciudad. Y con ella el grupo de artistas españoles que, capitaneados por Zurbarán y Murillo, por Martínez Montañés y Juan de Mesa, crearon el maravilloso tesoro de tallas y lienzos que hoy se conserva en este viejo convento andaluz.
Pero, se me ocurre, ¿a cuanta gente docta habría que poner de acuerdo para, tan siquiera, llegar a plantear tal cosa? Esto es Sevilla, no lo olvidemos.
Del libro de Joaquín Arbide Divagando por el Museo de Sevilla Guadalturia Ediciones
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