domingo, 10 de agosto de 2014
Zurbarán y los clavos de Cristo.
Empiezo hablando de un crucificado de Zurbarán al que llaman “El Cristo Verde” . Es lo que se llama una obra de taller, es decir, un lienzo en el que Zurbarán señaló las grandes líneas de dibujo y colorido para que fuese terminado por sus discípulos y colaboradores. En él se repite ese extraño capricho zurbaranesco, quizás de origen románico, de prender al mártir sobre su cruz con cuatro clavos, cosa que ningún otro artista hizo y que hoy sirve como valioso detalle característico para identificar los cristos de este pintor. Esto de los clavos es un tema que me lleva a interminables reflexiones, porque la ocurrencia no tiene ninguna justificación histórica. ¿Tres o cuatro clavos?
En los Evangelios, creo recordar como detalle curioso, no se habla de clavos en ninguna parte. Y más bien hay motivos para sospechar que los reos eran sujetos a la cruz por medio de cuerdas, porque el castigo era morir en la cruz, no necesariamente ser atravesado por unos clavos, como valor añadido.
En algunas estampas y películas hemos visto crucificados con cuerdas. Si acaso, se clavarían solo los pies, con lo cual los clavos ya no serían tres. Y mucho menos, cuatro. Tal vez dos. O tal vez solo uno en el caso de clavar los dos pies juntos.
Vamos a ver. Parece que la Iglesia admite los tres por tradición, con un carácter meramente simbólico, pero no da mayor importancia al detalle. No se sabe, por tanto, cuantos fueron en realidad los clavos, pero los cuatro de Zurbarán terminaban siempre pareciéndonos demasiados.
Es curioso que esta obra tan menuda por tamaño y trascendencia histórica, pueda suscitar tal volumen de comentarios, reflexiones y divagaciones. Porque también en esta obra resulta extraño el colorido. No existe posibilidad de que una piel humana, de ninguna raza, ni aun después de macerada por golpes y sufrimientos, pueda presentar tan insólito matiz. Parece ser que aquí, por una vez, Zurbarán quiso escapar del tópico y se permitió una licencia aventurándose en un experimento de deformación.

Este Cristo tiene la misma e increíble serenidad de los demás de su época, que aparecen plácidamente dormidos después de tan espantosa muerte. Y no deformó la figura, sino que deformó el color. Todo lo que hay de insólito en este cuerpo muerto, viene simbolizado en su raro color de tintes fantasmales.
Por otra parte, Zurbarán, que no se nos antoja nada ignorante, tuvo que conocer, pues ya la conoció Leonardo siglo y medio antes, la influencia que ejercen los colores sobre la persona. Los colores fríos, llevados a estos extremos, dilatan los vasos capilares y aflojan la tensión sanguínea. Es por ello que el espectador se sienta más acongojado ante esta imagen así coloreada, que ante otra similar, pero de carnes sonrosadas.
Lo mismo que Bernini alteraba las proporciones arquitectónicas clásicas, para que sus escaleras y columnatas resultaran más solemnes y profundas , así Zurbarán alteró el color para que su crucificado resultase más conmovedor. Este juego o este truco, como quieras considerarlo, no dejó de ser un engaño inocente y bien intencionado en el que caerían, y puede que sigan cayendo, todos los devotos, y por qué los no devotos, ante la contemplación de la obra.
Con frecuencia, saturado de divagaciones, suelo abrir unos paréntesis para realizar algún ejercicio relajante en los que juego a descubrir, por ejemplo, en medio de la riqueza del museo, cual es el cuadro que más me cautiva, el que llena más y mejor mis ansias de belleza y de goce, el que salvaría de las llamas si el museo estuviese ardiendo y solo pudiese salvar una.
Recuerdo que el maestro Eugenio d´Ors, ya se formuló esta misma pregunta en el Museo del Prado y se decidió por “El tránsito de la Virgen”, una breve tabla de Mantegna (ver cuadro), que muestra, sin duda, grandes valores, pero que tal vez no justifique plenamente tan extrema y apasionada preferencia. Quizás d´Ors, siempre tan elegante y mesurado, vaciló en esta ocasión por un momento, perdió parte de su equilibrio habitual y cayó en la conocida tentación de decir algo extraño y asombroso para dar ocasión a que los demás meditasen, discutiesen y se acordaran de la opinión y del opinante, truco este muy conocido. Yo, a la vez y muy humildemente, me he planteado en el Museo de la Merced, el mismo problema. Y renunciando a toda meditación previa, diría que por instinto, me decido por “El beato Enrique Luzón”, efigie de un dominico, pintado por Zurbarán, del que hablaremos en el próximo capítulo.
Del libro de Joaquín Arbide Divagando por el Museo de Sevilla. Guadalturia Ediciones
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