Murillo era bastante más joven que Alonso Cano, Zurbarán y Velázquez. Sevillano del 1617, pasó aquí su juventud oscuramente, pintando cuadros de asuntos piadosos, muchos de los cuales se exportaban a América. Se encontraba ya cansado de esta labor que se le antojaba un tanto rutinaria. Este es un momento clave en la vida de cualquier artista para meditar y renovarse. Fue en ese momento cuando, por suerte para él, acertó a pasar por aquí el pintor Pedro Moya que venía de Londres donde había conocido a Van Dyck. Murillo vio las copias que traía Moya, advirtió los paralelismos con el autor inglés, oyó sus elogios y descubrimientos y, entusiasmado, decidió marchar a Londres a estudiar con tan gran maestro.
Inició el viaje y tuvo la tentación de hacer una parada en Madrid. Allí le fue presentado, como paisano, a Velázquez. Año 1643. Murillo era un joven inquieto con veinticinco años. Velázquez ya era famoso. Quedó cautivado y pasó dos años en Madrid. No fue a Londres y quizás fuese mejor así.
A su regreso, su reputación en Sevilla se hizo indiscutible. Quince años más tarde, se casó con doña Beatriz de Cabrera, noble señora de la villa de Pilas y aquí se quedó el artista pintando sin cesar sus tiernos asuntos religiosos, no siempre en tono dulzón, sino demostrando a veces un magistral dominio del claroscuro. Niños, vírgenes, inmaculadas, sagradas familias… Pero junto a esta gama creativa, no dudó en pintar pilluelos o reproducir escenas de la picaresca callejera, labor que ahora realizaría un fotoperiodista o reportero gráfico de calle.
Murillo se aprovecha de la libertad de pensamiento e interpretación que es compatible con la piedad dogmática del catolicismo español. Por eso, pese que es uno de los más ilustres cultivadores del tema religioso dentro de la pintura barroca, su sistema de tratar las representaciones religiosas como cuadros de género, introduciendo pormenores tomados de la vida cotidiana y episodios secundarios, humaniza a sus personajes y les confiere una gracia y una dulzura que casi parecen ya del S. XVIII.
Qué lástima que no conservemos en nuestro Museo piezas del estilo que comentamos. Sus obras más importantes están lejos. En el Prado, en Munich, en el Ermitage. Temas religiosos en Sevilla, algunas obras en el Palacio Arzobispal, destacando, a mi gusto en este Museo, las dos Inmaculadas, “La Grande” y “La Niña”, “Santa Justa y Rufina”, “La Virgen con el Niño” o la “Virgen de la Servilleta” y “Santo Tomás de Villanueva dando limosna”.

Sobre la “Concepción grande”, podemos decir que se trata de una matrona que flota suave sobre una delicada atmósfera dorada. En la apodada “La Niña”, cabe la posibilidad que el pintor se inspirase en alguna adolescente sevillana, menuda y graciosa. Entre estos dos puntos extremos de interpretación, viene a oscilar la numerosa serie de Inmaculadas que Murillo empezó a pintar hacia 1650 y continuó hasta su muerte, constituyendo este trabajo uno de los aspectos más peculiares y conocidos de su obra, aunque uno muestre su predilección por sus personajillos de la calle, esos chiquillos que se aventuran, porque no tienen otro remedio, a vivir la vida como pueden…
Murillo se balanceaba entre lo divino y lo humano. Compartía sus fuerzas creadoras entre lo inmaterial, lo intangible y lo que cada uno iba a ver o entender a su manera. El artista se imaginaba la cara de una Inmaculada y así la pintaba. Por el contrario, cuando se entregaba a la reproducción de la Sevilla cotidiana y callejera de su tiempo, era cuando su pupila observaba y reproducía el natural, los personajes tal cual eran, del mismo modo que haría en la actualidad, como has dicho antes, la cámara de cualquier fotógrafo inquieto.
Murillo convirtió la anécdota vulgar en una excelente pintura costumbrista. Además añadía un dibujo firme y seguro, como adelantándose a la aventura fotográfica que estaba por llegar. Su cálido color recuerda a Correggio, no en balde fue conocido con el sobrenombre del Correggio.
Nos afirmamos en la idea de que es en estas escenas sevillanas en las que se encuentra el mejor Murillo, aquel que no abusa de la ternura fácil y dulzona, ni del sentimentalismo, aunque estas claves fuesen las más aceptadas por un mayor sector de sus seguidores y clientes.
Cuentan que “La Vírgen de la Servilleta” recibe este nombre al suponer la tradición que fue pintada durante la estancia del pintor en el convento de los Capuchinos en la servilleta de un humilde lego, admirador fervoroso del artista. En algún lugar, la historia se ha contado así:
“Murillo llevaba algunos años de su vida dedicado a pintar cuadros para la iglesia del convento de Capuchinos. Diariamente le llegaba la comida a su lugar de trabajo llevada con respeto y delectación por un hermano lego. Y llegó el momento en el que, habiendo terminado Murillo de pintar su formidable retablo, procedió a despedirse de los frailes.
Fue en aquel momento cuando el hermano lego que le había estado sirviendo la comida durante todo aquel tiempo, se atrevió a dirigirse al artista en los siguientes términos:
–Señor Murillo. Ya que os he servido y acompañado durante todo este tiempo, ¿querría hacerme la merced de regalarme algún pequeño dibujo para conservarlo como recuerdo?
A lo que respondió el pintor:
–¿Y qué dibujo queréis que os haga?
–Una virgencita para ponerla en mi celda. Así le rezaré todos los días y a la vez os recordaré a vos.
Entonces Murillo le pidió una servilleta o mantelito, uno de aquellos en los que le traía todos los días la comida… Y sobre esa tela pintó la maravillosa figura de la Virgen con el Niño en brazos… Y con el nombre de la Virgen de la servilleta, se la conoce en toda Sevilla.”
Cuando miro este cuadro, me encuentro con una mujer joven, humilde, sencilla, tímida, de oscuros ojos, quizás implorantes, cuya mirada se pierde hacia abajo, que no quiere mirar al pintor, para no molestar y como queriendo decir sencillamente:
–Este es mi Hijo. Mirad qué bonito es.
Una mujer real, fuera de toda aurea fantástica, de toda belleza fingida…
El niño, con los ojos heredados de la madre, a su corta edad, ya se siente curioso y ansioso por ver y aprender, iniciando ese movimiento con el que quiere escapar de los brazos de la madre. Para ello, y esbozando una leve sonrisa, se apoya en gesto de confianza, con una mano sobre el pecho de la Madre y con la otra en su brazo. Se siente protegido y, desde esa sensación de seguridad, inicia un movimiento de curiosidad que se manifiesta en ese impulso que le lleva hacia adelante, como queriendo olisquear y jugar con la paleta y los pinceles del pintor.Si seguimos una línea diagonal que atraviese el cuadro desde el ángulo superior izquierdo, hasta el inferior derecho, encontraremos la cara de la Madre, luego al Hijo y sus manos, para terminar en las de la Madre que le retienen de su ímpetu curioso...
Como artista entroncado con Sevilla, habría de pintar también a las hermanas mártires, “Santas Justa y Rufina” (ver cuadro y detalle), patronas de la ciudad y del gremio de alfareros y cacharreros. Muchos pintores y escultores se han preocupado de hacer versiones de estas imágenes. Murillo, desde su siempre visión realista, nos ofrece las imágenes de dos guapas muchachas de Triana en esplendorosa juventud. La una, mirada hacia la tierra, la otra al cielo. Con manos suaves y amorosas, las mismas que trabajaron tanta loza fina, mantienen el símbolo de la ciudad de la que son patronas y en la que ofrecieron sus vidas en mantenida y dura lucha contra toda clase de tormentos. El pintor deja a los pies de las santas patronas, ejemplos de aquellas piezas que ellas elaboraban con alegría indecible antes de que fuesen señaladas por un dedo acusador, vaya nadie a saber con qué ocultas y diferentes intenciones.
Otra obra también de Murillo que está en al museo es “Santo Tomás de Villanueva dando limosna”. La madre que recibe de su hijo la limosna que le acaba de dar “Santo Tomás de Villanueva”. Los motivos ya los estudiamos cuando tratamos la crítica de Arte. Me enamora la alegría y la inocencia con que el chiquillo entrega la moneda a su madre. Me enamora la cara de amor con que la madre la recibe. Y se miran sensibles en su soledad y pobreza…
Murillo, ya lo hemos dicho y por todos es sabido, fue uno de los pintores más populares de su tiempo. En él, las influencias venecianas y flamencas se llegaron a fusionar con una gracia sevillana muy personal, que caracterizaba extraordinariamente su realismo poético.
Hemos pasado por uno de los temas más controvertidos en la historia de la pintura. Las vírgenes. ¡Pintar una Virgen! La hija de San Joaquín y Santa Ana, la esposa de José y la madre de Jesús… Te encuentras ante el misterio más fuerte y difícil del cristianismo y a la que se puede interpretar de mil maneras. La que se enfrenta contra muchas cosas y viste de sol, cielo, estrellas o luna. Mujer fuerte junto a nombres como Sara, Ruth, Esther o Judit. Ya fue pintada en las catacumbas. Y se sigue pintando hoy… ¿Cuántas vírgenes distintas se habrán hecho?
-“¡…que ni pintá por los pinceles de Murillo…!”, decía la estrofa de aquella copla popular. Y así estás tú. Que ni “pintá”…
Del libro de Joaquín Arbide Divagando por el Museo de Sevilla. Guadalturia Ediciones




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