Vamos a ver. Recordemos. Era el tercer cuarto del S. XIX. Por tanto, 1875 y… Siguiendo una ley ineludible que podríamos llamar de reacción, los artistas empezaron a cansarse del largo, larguísimo reinado de lo que se había venido llamando naturalismo. Este se había mantenido durante siglos copiando la realidad con todo detalle y fidelidad posibles, aunque según los países, podían observarse algunas diferencias. Todo aquello era, al fin y al cabo, como hacer una foto.
Y es en la época indicada, cuando un grupo de artistas, hasta entonces desconocidos y que resultarían geniales en sus trabajos, observaron, como podría observar cualquier aficionado atento, que el reflejo de la luz sobre las cosas deslumbra nuestros ojos, desfigura un tanto esas cosas, llega a morder sus bordes como lo haría un perrillo nervioso y, en algunas ocasiones, no nos permite captar fielmente su verdadero contorno. Es fácil observar cómo un rayo de luz potente que incide sobre el cristal de una copa, estalla en reflejos que parpadean como luceros lejanos. En algunos casos la misma luz nos impide ver las cosas como son.
Si los pintores naturalistas dibujaban exactamente la copa, no es porque la vieran redonda, sino porque ellos tenían la copa en su mente. En la pintura flamenca del S. XV, por ejemplo, puede apreciarse una curiosa ausencia de reflejos. La luz para los flamencos es un disciplinado auxiliar que, con académica mesura, ilumina las cosas solo para que se vean y por tanto, la copa del ejemplo, ni brilla, ni lanza destellos.
Los inquietos artistas del S. XIX, por el contrario, querían reproducir, con precisión y dándole protagonismo, los destellos luminosos que brotan de las cosas, repentinos y alegres, bajo el impacto de la luz. Pero la pincelada blanca, gruesa y audaz, dada sobre una arista para reproducir los reflejos que en ella inciden, rompía sin remedio la geométrica nitidez de la arista en cuestión.

El cuadro impresionista resultó ser un acopio de pinceladas brillantes, una nube compacta de manchitas de color que crepitaban como una palmera de fuegos artificiales. Y no se trata de cuadros informalistas, desde luego. La forma se insinúa en ellos, pero queda profundamente alterada por los fulgores de la luz que viene a romper contra los bordes de las cosas. Y de aquí resulta una de las más curiosas notas de la creación impresionista.
A mi me gustaría invitar a todos los curiosos e interesados por el tema a que hagan la prueba siguiente. Un cuadro de esta escuela, si lo miramos de cerca, parece no representar nada. En el mejor de los casos ofrece unas formas coloristas, vaporosas, apenas definidas y que se nos antojan como el resultado final de una ejecución torpe o solamente abocetada. En cambio, y he aquí el hallazgo inesperado, casi el milagro. Si nos alejamos para mirarlo desde una distancia prudencial, la obra, bodegón o paisaje, se muestra ante nosotros y toma vida en todo su esplendor y contenidos. Los contornos de cerca, inconexos e indefinibles, se acoplan y las formas se dibujan. Entonces todo el cuadro se hace expresivo, quiero decir que se entiende y cobra una vida plena de luz y color.
Paradójicamente, estas obras nada naturalistas, parecen copiar la naturaleza mejor que cualquier otra de carácter clásico. Porque la naturaleza, al ser copiada, no se ha quedado quieta, sino que hasta el lienzo han venido y en él se han quedado, todos sus temblores, reflejos y matices…
Naturalmente, la pintura impresionista tenía que ser clara. Donde mejor se desenvuelve es al aire libre. Lo que mejor capta y reproduce son los prados florecidos, los estanques bajo la luz ortal, las fiestas populares que inundan de alegría los campos apacibles, la impronta amarilla de los rayos del sol que, a través de la arboleda, siembran el césped de moneditas de oro…
La lucha de aquellos innovadores contra las convenciones artísticas vigentes, que como todas las modas imperantes, se defendía de la manera más tozuda que imaginar se pueda, dio lugar a curiosas y divertidas anécdotas y a juegos críticos por parte de los artistas de la época. De uno de ellos y de forma casual, nació la denominación de impresionistas que se le dio a aquellos pintores de reflejos, y decimos de reflejos y no de luz, porque la luz en pintura, es otra cosa de la que ya hablaremos más tranquilamente otro día.
El otro momento, como hemos visto, fue el paso del naturalismo al impresionismo. Este nuevo viraje, no menos genial que el anterior, tuvo hacia 1870, comienzos algo más difusos. Pero, no obstante, en su iniciación se encuentran nombres tan conocidos y relevantes como Manet, Renoir o Degás.El auge del impresionismo duró poco, un cuarto de siglo aproximadamente. Todo lo que vino después, los incontables “ismos”, secundarios y fugaces, cubismo inclusive, no han sido más que tanteos, pasos vacilantes o ademanes desorbitados, propios de un siglo a todas luces manierista que en años venideros, habrá de desembocar por ley histórica en algo definido y perdurable, aunque todavía no tengamos claro qué pueda ser…
Me atrevo a decir que cabe la posibilidad de aseverar que no existen en nuestro Museo verdaderos autores encuadrados en este movimiento. Yo diría que existen autores de la escuela sevillana, de los que vivieron y trabajaron entre finales del S. XIX y principios del XX, que se vieron influenciados por tal estilo y que supieron incorporarlo eficacísimamente a muchos de sus lienzos. Citaría nombres como Alfonso Grosso, Gustavo Bacarisas, Gonzalo Bilbao y José Villegas, de los cuales tendremos que hablar más ampliamente otro día.
Del libro de Joaquín Arbide Divagando por el Museo de Sevilla. Guadalturia Ediciones


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